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Murió Diego Armando Maradona

El genio del fútbol mundial se convirtió en leyenda este miércoles a los 60 años. El peor día del peor año golpeó el alma de los maradonianos del planeta.

Murió Diego Armando Maradona

Dos décadas atrás el mundo descubrió que Dios podía ser mortal también. Diego Armando Maradona acababa de ser internado de urgencia en la Clínica Cantegril de Punta del Este y sus millones de fanáticos alrededor de todo el mundo se vieron obligados a asumir por primera vez que aquel jugador exquisito, al que todos se acostumbraron a comparar con Dios, también podía morir algún día.

Casi 21 años después de aquel cachetazo de realidad llegó el golpe definitivo. Diego murió este miércoles tras sufrir un paro cardiorrespiratorio en la casa de Tigre en la que se recuperaba luego de la operación por un hematoma subdural a la que debió ser sometido semanas atrás. Aunque intentaron reanimarlo durante varios minutos y tres ambulancias llegaron hasta el lugar, nada pudieron hacer para salvarle la vida.

La noticia que nadie quería dar la confirmó su abogado Matías Morla poco después de que al lugar llegaran su ex esposa, Claudia Villafañe, y Dalma y Giannina, que viven en el mismo barrio cerrado. Un poco más tarde llegaron sus hermanas. El primer médico que socorrió a Diego fue un vecino, que integra el equipo médico del Delta Rugby Club.

La familia y los médicos del Diez habían decidido su traslado momentáneo a esa casa hasta definir las características de un tratamiento para rehabilitarlo de su adicción al alcohol y su dependencia a los fármacos.

La figura de Diego trascendió por mucho el mundo el fútbol hasta convertirlo en una de las personas más influyentes de la Argentina de las últimas décadas. Cada uno de sus actos fue celebrado por sus seguidores con la misma contundencia con la que los denostaban sus detractores. Pero ciertamente nunca generaron indiferencia.

Su muerte provocó una fuerte conmoción mundial propia de quien no sabe de fronteras y de quien, con la posibilidad de olvidarse de sus orígenes y encumbrarse en lo más alto de las elites globales eligió convertirse en bandera de los más relegados. Por eso en los ’80 los napolitanos tuvieron que pedirle perdón a San Genaro para poder correr su figura unos centímetros del centro de los altares montados en casas y pizzerías y hacerle un lugarcito a Diego.

Contradictorio como todos pero frontal como pocos el Diez había cumplido 60 años el 30 de octubre pasado. Ese día entró por última vez a una cancha para dirigir a Gimnasia y Esgrima de La Plata y ser homenajeado.

Diego había empezado a escribir su historia tan imposible como el gol que le convirtió a los ingleses en los potreros Villa Fiorito, cuando jugaba a la pelota por un alfajor y soñaba con la posibilidad de alguna vez jugar un Mundial. No sólo lo jugó sino que llevó al equipo de Carlos Bilardo y a todo un país entero a celebrar su segundo título en la máxima cita del fútbol mundial y a acariciar otro más apenas cuatro años más tarde en Italia. Luego vendrían los escándalos y las cámaras de televisión cada vez más preocupadas por lo que hacía fuera de las canchas que dentro de ellas.

Sus adicciones, excesos, peleas, encuentros y desencuentros con quienes lo acompañaban, sus parejas, sus hijos, sus afinidades políticas, sus célebres frases y demás «escándalos» ocuparon páginas y páginas de diarios y revistas como también insumieron horas de televisión y fueron utilizados hasta el cansancio por los siempre adeptos a las crucifixiones.

Y Diego aceptó la suya. Asumió sus errores de hombre, quiso despojarse de ese halo de deidad que el mundo le exigía para aclarar ante la vista de todos que la deidad era en realidad otra y que nada de lo que él hubiera hecho alcanzaba para mancharla. Advertía ante una Bombonera colmada y a los ojos del mundo que no era el Dios que todos le exigían que fuese y que él solo estaba de paso, como todos, mientras que la pelota quedaría. Pocos quisieron creerle. Hoy finalmente se los demostró.

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